| Democracia no es sólo votar - El Voto Mexicano en el Extranjero |
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El pasado mes de junio, el Congreso mexicano aprobó finalmente una ley que permite el voto en el exterior con miras a las elecciones del 2 de julio del año entrante. Un gran logro de la Coalición por los Derechos Políticos de los Mexicanos en el Extranjero —y de todas las organizaciones que en ella se agrupan—, tras años de lucha para que los migrantes mexicanos también pudieran ejercer su derecho al sufragio. Algo que, sin duda, debe ser celebrado y aplaudido.
En lo sustantivo, merece respeto y admiración el esfuerzo realizado en ese sentido por los representantes de la coalición Primitivo Rodríguez Oceguera y Gonzalo Badillo, quienes por años impulsaron el voto en el exterior y lo que a la postre resultó en la sanción de la ley.
En mayo, durante el debate del proyecto de ley en el Congreso mexicano, Rodríguez Oceguera tildó de racistas y xenófobos a quienes se oponían al voto en el extranjero y equiparó a los diputados que votaran en contra del proyecto con los grupos cazainmigrantes de la frontera.
Asimismo, a propósito del mismo debate en el Congreso de Michoacán, Badillo manifestó que “quienes están en contra del voto en el exterior (en esa legislatura estatal) son anacrónicos y padecerán de cierta miopía ante la realidad, ya que a nivel nacional, la ley pasó por unanimidad”.
Como en todo México, en Michoacán (una de las principales canteras de mano de obra emigrante) también hay gente que se opone al voto en el extranjero; y en consecuencia, existen legisladores locales que pretenden frenar la iniciativa para los michoacanos en el exterior.
Nada que no fuera previsible. Y es que el voto en el exterior, desde su concepción y en todos los países donde se ha establecido, siempre ha sido objeto de polémica. Invariablemente, todos los países que lo han adoptado han sostenido polémicas similares.
En lo sustantivo, los argumentos siempre han girado alrededor de los mismos parámetros. De un lado, los que esgrimen que quien no padece en un lugar determinado, no debe decidir lo que allí ocurre. Del otro, el concepto de ciudadanía común, de raíces, de comunidad de sangre y cultura.
Así, los mexicanos que se oponen al voto en el extranjero, no son ni racistas, ni anacrónicos, ni miopes. Simplemente, entienden que para elegir a quien los gobierne en México, se debe de vivir en México.
Podemos discrepar de esta idea; de hecho ha sido confrontada y derrotada políticamente en varias ocasiones. El caso más claro, acaso, haya sido el de Italia, donde tras años de debate, prevaleció el concepto de L’altra Italia, el de los italianos en el exterior y su derecho al sufragio.
La medida italiana fue una de las más amplias en el mundo, pues supuso la creación de una circunscripción exterior que no sólo vota, sino que también elige a sus representantes. En 2006, la Italia all’estero enviará a Roma seis senadores y 12 diputados.
En el caso de México, con un universo potencial de electores en el exterior que supera los 10 millones, la incidencia del voto en el extranjero podría ser aún mayor, de instrumentarse una medida de tal alcance.
En cuanto al debate en sí, se puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que existen elementos
que permiten sostener claramente la existencia de actitudes comunitarias de los mexicanos en el exterior, de mantenimiento de vínculos, tradiciones y sueños. La prueba más fehaciente de ello, acaso, sea la de las remesas que envían a sus familiares, pero existen otros elementos culturales que también la acreditan.
Parece por lo menos lógico, entonces, ligar a esa gran comunidad mexicana también a través del voto.
Por eso, más allá de lo episódico, y de los enormes problemas instrumentales que supone el voto en el exterior —nada fáciles de resolver—, los migrantes mexicanos deberían poder ejercer su derecho al sufragio sin restricciones.
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