| 62-36 en el Senado ¿Y ahora qué? |
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La reforma migratoria aprobada la última semana en el Senado representa sin duda un gran paso al frente para lograr al fin la tan ansiada legalización de los indocumentados.
Más allá de que encierre un requisito ridículo y engorrosamente burocrático (que aquellos que tengan entre dos y cinco años en el país deban ir a solicitar su visa a un punto de ingreso fuera del mismo) y de que inexplicablemente deje colgados a casi 2 millones de inmigrantes (aquellos que ingresaron al país hace menos de dos años), la reforma aprobada en la Cámara alta es a todas luces un hecho histórico.
Que el máximo órgano legislativo del país sentencie, y por esa mayoría, que se debe regularizar la situación de casi 8 millones de personas da un espaldarazo clave a la causa de los indocumentados. Aunque no sea la llamada “enchilada completa”, se trata por lo menos de una legalización amplia y nada despreciable.
Pero lo que todo el mundo se pregunta es qué va a pasar ahora cuando se deba negociar la reforma punto por punto con la Cámara baja y las huestes de Sensenbrenner y Tancredo. A simple vista no parece tarea nada fácil; de hecho, la sola mención de esa comisión bicameral desanima a más de uno.
Sin embargo, un análisis atento de la coyuntura podría demostrar que, en realidad, es más sencillo de lo que parece.
En la comisión bicameral, que se reunirá para negociar los puntos de la reforma, se pueden dar dos escenarios. (Ríos de tinta han corrido en la prensa para analizar, con pelos y señales, cómo, cuándo y por qué la medida afectará las elecciones parlamentarias de noviembre, pero básicamente hay sólo dos escenarios posibles.)
El primero, y menos probable, sería “patear el tablero”. Es decir, que los negociadores de ambas cámaras no logren reconciliar sus profundas diferencias en torno al tema, imposibilitando así la creación de acuerdos, y que alguna de las partes decida entonces darle muerte súbita a la iniciativa. Esto ha sucedido contadas veces en la historia del Capitolio y a esta altura resulta altamente improbable.
El segundo escenario, y el más factible, resultaría de una negociación en la que los senadores concedieran a los representantes un mayor y más efectivo control en la frontera —tal vez, también una mayor presencia física en la divisoria—, a cambio de mantener intactos los puntos tendientes a asegurar una legalización amplia.
Sensenbrenner ya dejó deslizar el otro día que primero había que asegurar bien la frontera para cerrar definitivamente el paso a la inmigración ilegal. “Una vez que hayamos hecho eso, entonces podremos ponernos a pensar qué hacer con los 12 millones de ilegales que ya están aquí”.
Claro que Sensenbrenner quisiera deportarlos a todos, pero la realidad es que no puede. Y lo que parece estar haciendo el republicano de Wisconsin con estas declaraciones es acomodando el cuerpo para ceder.
Y es que es mucha la presión sobre él: desde el presidente Bush y sus cabilderos, hasta los senadores republicanos más influyentes, pasando por The Washington Post, The New York Times y The Wall Street Journal. La pregunta más bien sería: ¿cuánto más van a poder aguantar estos legisladores de Sensenbrenner y Tancredo en su sinrazón?
Inmediatamente después de las declaraciones de Sensenbrenner, los senadores republicanos Bill Frist y Chuck Hagel, que votaron la reforma migratoria, se apresuraron a expresar su buena disposición a un compromiso: “refuerzo y cumplimiento en la frontera primero y después legalización y ciudadanía”.
Todo parece indicar que ahora lo único que les queda a los antiinmigrantes es salvar cara y aparecer como que negociaron algo, ya sea un mayor control en la frontera o cosas meramente de forma, como que todo el mundo borre de su vocabulario la palabra “amnistía”.
Pero lo cierto es que ya perdieron; como lo hemos dicho desde un principio en esta columna, perdieron desde que se pusieron en la vereda de enfrente de la razón, el sentido común y el humanismo.
Ahora sólo les queda patear el tablero o salvar un poco de cara (yo creo que en cualquier caso no se salvan del ridículo), mientras los indocumentados se comen una rica enchilada, si bien, no del todo completa, con mucho sabor a victoria.
Usted puede acceder información de servicios en su comunidad llamando a La Línea de Ayuda de la Fundación Self Reliance al 1-800-473-300.
© 2006 La Red Hispana
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